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Autor: sensillo
Fecha: 30/10/2005.
7 vírgenes
Digerido por sensillo El cine español debería plantearse dejar de reprender a todos los espectadores que poco a poco van escapando de su sello de calidad y empezar a dar las gracias, e incluso a disculparse, ante quienes siguen yendo. Las 7 vírgenes del título han debido aportar su intervención sobrenatural para justificar este milagro en taquilla.
Juan José Ballesta protagoniza este retrato costumbrista de la juventud marginal de Sevilla, en el que interpreta a Tano, un macarrilla a quien le conceden dos días de permiso en el reformatorio para acudir a la boda de su hermano mayor. Y como de un retrato se trata, parece que hay especial interés en el guión porque desaparezca la acción en la narración. Lo único que queda es una sucesión de tópicos sobre el tema, de nula originalidad. Todos los lugares comunes que aparecen en tantas películas del mismo corte se dan cita aquí, y no creo que ni merezca la pena enumerarlos.
Parece haber un desmedido afán descriptivo que sacrifica cualquier noble intento de estructurar una historia con vida propia. Si por lo menos hubiera un intento de emular la profesionalidad de National Geografic, la cosa tendría un pase, pero parece haber una convención social que afirma que lo cutre se acerca más a la realidad.
Y cuando digo que parece haber un afán descriptivo, es porque efectivamente sólo lo parece. Porque a la hora de la verdad no se atreve a acercarse a ningún personaje, y se ve todo desde lejos. Sólo se puede ver la superficie mientras la película desaprovecha todas y cada una de las oportunidades que tiene para escarbar en el interior de los personajes. En el caso del protagonista y su amigo, tampoco parece que haya mucho dónde escarbar, pero en el caso del personaje del hermano, más bien parece que hubiera pánico a que saliera algo mínimamente interesante.
A lo que sí que han sabido darle grandes dosis de fantasía, sin embargo, es a las mitológicas aptitudes interpretativas de Juan José Ballesta, premiado en San Sebastián. Era tan necesario un joven talento que han tenido que inventarlo, y ha calado hondo en el público la historia del niño prodigio de talento natural. En un papel hecho a su medida, se limita a poner la cáscara, sin llenarlo por dentro. Pasarán los años y tendremos que verlo interpretando la senectud del “Bola”.
Cuesta creer que haya que pagar por ver un escaparate en el que se exhibe exactamente lo mismo que uno se quiere sacar de encima cuando le plantan un molesto botellón delante de su vivienda. Que tanta gente se interese por ver una cinta en la que premeditadamente se pretenda no hacer ningún juicio moral sobre dos vándalos asilvestrados cuya idea del éxito en la vida es la recompensa material inmediata y fácil, hace temer que quizás nos merezcamos la existencia de todos esos Tanos que nos rompen los retrovisores de los coches. Pero se sonsaca de las declaraciones del director que pensar que "eso malo, caca, caca", es una postura maniquea.
Recomendada a biógrafos del Neng.
