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Autor: sensillo
Fecha: 02/10/2005.
Réquiem por un sueño
Digerido por sensillo No podría recomendar “Réquiem por un sueño” para empezar con alegría y buen humor la mañana. Para eso ya estaría la prensa diaria, para quien todavía tenga humor para esas cosas. Sólo por el título ya se pueden imaginar que se trata de una historia en la que sus protagonistas experimentan caída libre y los veremos estrellados al final. Las primeras secuencias se encargarán de quitarnos cualquier duda que podamos tener.
La vida del joven Harry Goldfarb gira alrededor de su novia, su mejor amigo y la adicción que padecen los tres a la heroína y otras sustancias tóxicas. Su madre viuda se evade de la soledad delante del televisor, hasta que su deseo de perder peso le lleva a conocer las anfetaminas. Hasta aquí, las noticias buenas; todo lo que sigue es mucho peor.
La historia transcurre delante de los ojos del espectador, que asiste con impotencia a todas las decisiones equivocadas que toman los personajes. Articulada en tres capítulos (verano, otoño e invierno), deja claro desde un principio que se trata de una historia de autodestrucción. Al progresivo deterioro físico de los protagonistas se le añade una banda sonora que adquiere unos tonos cada vez más enervantes a medida que los acontecimientos se acercan a su inevitable clímax. Algo tendrán este tipo de historias para capturar nuestra atención de manera morbosa. En cualquier caso, “Réquiem por un sueño” es poco apta para espíritus delicados.
La película va saltando como puede de un personaje a otro. Al principio usa y abusa del recurso de dividir la pantalla. Un poco antes, pero no mucho, de que uno empiece a temer quedarse bizco, parece que el director de “Pi” se cansa del truco y plantea los planos de una manera más clásica. Alabado sea el Señor. De lo que no se libra uno hasta el final es de los planos ultrarrápidos de manufactura y consumo de drogas, usados a modo de cortinilla. De eso parece que no se debió de aburrir, y aún me puedo imaginar a Aronofsky entretenido en su casa montando más planos de esos.
De las cuatro historias, la mejor es la de la madre, encarnada con convicción por Ellen Burstyn, si bien no es la principal. Es el único personaje de los cuatro que no está enganchado desde el comienzo, por lo que su historia está más completa. También resulta más fácil empatizar con la viuda, dado que en su caso se entiende muy bien qué es lo que la empuja a evadirse de esa manera de la realidad cotidiana. Por otra parte, en el caso de la pareja protagonista no queda muy claro por qué añadir más química a ese cóctel de hormonas enamoradas.
Buenas interpretaciones en general para unos roles complicados. Ellen Burstyn ya tuvo una hija endemoniada en “El exorcista” y ahora le sale el hijo drogadicto. Así no se puede acabar bien. Jared Leto y Jennifer Connelly sacan lo mejor de sí mismos en los momentos que les dejan los constantes efectos de cámara simulando las alucinaciones. Excesivos e innecesarios, porque poco pueden aportar a la historia. Poco le dejan aportar a Marlon Wayans, por otra parte, pero ahí está, cumpliendo con dignidad.
Recomendada para los que hacen las cuentas de la lechera.
