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Autor: malabesta
Fecha: 16/05/2005.
Nadie sabe
Digerido por malabesta Hace unos años el panorama del cine de terror cambió cuando desde Japón (principalmente) empezó a llegar una nueva forma de acercarse al género. La riada de remakes, precuelas, postcuelas y cuelas aún colea, y muchos han "adaptado" sus maneras a las de oriente. A la vista de "Nadie sabe", espero que esto mismo no pase con los dramas, o la deforestación en el Amazonas crecerá a un ritmo alarmante, para poder así mantener el flujo de pañuelos de papel.
Ni los más duros de corazón, ni los que se reían cuando murió la madre de Bambi, ni los que aplaudían a los que secuestraban a E.T., ni los que ven "Crónicas marcianas" hasta el final están preparados para esta película. Desde que Dickens colgó las botas no se había visto tanto drama infantil. La historia ya empieza de órdago: una mujer y su hijo, Keiko y Akira (You y Yuya Yagira) se mudan a una nueva casa, y así se presentan a los caseros. El padre del niño trabaja fuera, por lo que viven solos. La sorpresa viene cuando llega el camión de la mudanza. De dentro de las maletas empiezan a salir más críos: Kyoko, Yuki y Shigero (para los que no pasen sus vacaciones en Osaka, son dos niñas y un niño, que además parece tener algún retraso). Esto de llevar a sus hijos en maletas da mucho a entender sobre la dedicación con la que su madre los cuida. Los mantiene ocultos, salvo a Akira, no sé sabe por qué. No salen de casa, no van a la escuela. Anna Frank tenía una vida más divertida.
Por si todo esto fuese poco, la madre empieza a ausentarse de casa, el dinero escasea... y en fin, mil tribulaciones más que no contaré. De un momento a otro, uno espera que se pongan a vender cerillas. Acentuando el drama está el estoicismo de Akira, el hijo mayor, que vive todo esto sin mover una ceja, ni mostrar disgusto.
La cosa es tan patética que ya roza el peripatetismo, y cuando a cada minuto que pasa y se le van dando vueltas a la tuerca, se pierde un poco el realismo de una historia que, todo hay que decirlo, se basa en hechos reales. Claro que Hirokazu Koreeda (guionista y director) sabe recuperar al espectador dosificando bastante bien estos momentos de recaída y espaciándolos bastante, centrándose en los problemas más cotidianos de los protagonistas, como por ejemplo pagar el gas.
La película es muy lenta, aunque esto no entorpece demasiado: supongo que entre plano y plano uno tiene tiempo de secarse los ojos, ir por más pañuelos de papel, llamar a casa para agradecerle a los padres de uno haber sido tan buenos o abrazar al desconocido/a que se sienta a su lado.
En fin, una película no apta para corazones sensibles o impresionables. Recomendada para fans de las viviendas de treinta metros cuadrados.
