Ficha

País

USA

Año

1936

Título original

Modern times

Duración

87min

Dirección

Charles Chaplin

Guión

Charles Chaplin

Reparto

Charles Chaplin, Tiny Sandford, Henry Bergman, Paulette Goddard

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Crítica de Tiempos modernos
Autor: bronte
Fecha: 29/01/2004.
Póster Tiempos modernos

Tiempos modernos

Digerido por bronte

¿Qué se puede decir de una película que cuenta con casi 70 años de edad y de la que se ha dicho todo? Evidentemente, nada nuevo. Por ello, mejor hablar con el corazón de cinéfila en la mano y procurar manchar lo menos posible. Resulta más que emocionante asistir a la proyección de una película tan "vieja" y comprobar que el público se ríe con la misma profusión e intensidad que el día del estreno. Dichosos aquellos cuyas obras perduren, porque de ellos es el Olimpo de los genios...

" Tiempos modernos" es una de aquellas películas que Chaplin insistía en seguir haciendo mudas, pese a que el sonoro ya estuviera más que instalado. Una tozudez genial. Pero es que al personaje de Charlot no le hacía falta hablar. Es que en su propia esencia estaba el silencio, aliteración incluida. Cuando las imágenes están tan llenas de significado y sobre todo tan llenas de acción dramática, sobra todo lo demás. Hasta las palabras. Lamentablemente, en el siglo XXI ir a ver una película de las de parco diálogo exige coraje y temeridad, pues cuando falta el texto, es casi seguro que nos estamos condenando a ver una serie de postales, algunas bonitas, otras no, a menudo de pobre significado y casi siempre ajenas a la acción como eje narrativo. En el cine de Chaplin existe el lujo del silencio porque las imágenes sobran para contar la historia. De esto ya no queda, y casi en una vuelta al pensamiento medieval, en la actualidad las imágenes ilustran la historia, que no es lo mismo que contarla, lo que sin género de dudas resulta bastante aburrido.

No hay mejor declaración de intenciones que la canción que Charlot canta casi al final del filme. Le han contratado como cantante y el genial Chaplin juega con el espectador del momento, deseoso de escuchar la voz del hombre que se negaba a hablar. Amaga varias veces iniciar la canción, pero en todas ellas se le olvida la letra dejándonos con las ganas. Entonces Paulette Goddard le escribe la "chuleta" en el puño. Cuando sale a escena, parece que es ya inevitable escucharle, pero entonces descubrimos que ha perdido el apunte. Charlot dilata la espera con sus cabriolas, y es entonces cuando Goddard da la clave (a través de un rótulo de película muda): "Canta. No importan las palabras". Charlot empieza a cantar entonces algo que la gran mayoría del público no entendería, en francés, pero es tal la fuerza de sus ojos, de sus manos, de sus gestos, que no hace falta que lo entendamos. La canción es un éxito para los espectadores que están dentro de la película y para los que estamos fuera.

Nunca la expresión corporal fue tan importante como en Chaplin. Se podría decir que para su personaje es una exigencia. Acostumbrados a que nos impongan las evoluciones físicas de los actores (sobre todo el teatro) como un pegote que nada aporta más que el lucimiento vanidoso del gimnasta en cuestión, qué placer ver escenas como las del patinaje, en la que Chaplin juega con nuestros miedos a través del virtuosismo físico, o la escena inicial, tan desternillante, con las tuercas, imposible con cualquier otro actor que no manejase su cuerpo de manear tan soberbia.

Y luego está su cara. De ser un actor actual, Chaplin no escaparía a las críticas de sobreactuación. Computaríamos sus muecas y no sería difícil escuchar frases como "Eso también lo hago yo". ¡Qué lamentable que el histrionismo haya dejado de ser considerado un arte! Aquellos que abanderan la parálisis facial como método interpretativo, de manera lenta pero segura, han ido copando nuestra pantallas, eliminando a través de la minusvaloración a todos aquellos actores que venían del teatro y que sabían que el estilo momia no es el que mantiene la cartelera viva. Es el caso de Chaplin, criado en el teatro de variedades, donde mantener la atención del respetable es tarea ardua y meritoria. Chaplin nunca renunciaría a su origen teatral ni en la forma ni en el fondo. Y prueba de ello ese contacto visual que establece no pocas veces con el espectador, cosa que en el cine pocos se atreven a hacer. Sin embargo, cuanto se agradece esa ruptura del todo artístico. Esa salida de la pantalla hacia el patio de butacas, al que esa invitación al espectador a formar parte del artificio a través de una breve, pero llena de intención, mirada.

Es llamativo que pese a ser una película muda, con rótulos incluidos, el espectador del Siglo XXI siga sintiéndose identificado emocionalmente con las peripecias de los personajes de Chaplin, sin sufrir un fenómeno de distanciamiento. Este artista apela a la parte más tierna que hay en nosotros, a nuestro yo más niño (no es casualidad que una de las secuencias transcurra en una tienda de juguetes), al que se siente más indefenso, pero con un mensaje final siempre de esperanza, de la necesidad de seguir intentándolo. Y eso pese a que a sus personajes les persiga el fatalismo que les hace fracasar y empezar una y otra vez.

Mención aparte merece el tema insignia de la película: "la deshumanización en tiempos de progreso". Este filme es ejemplo perfecto de que se pueden decir las cosas más duras y más profundas, no sólo no aburriendo, sino que hasta haciendo reír de manera desternillante. Toda la película es una gran coreografía no disimulada. Una obra de arte total, con vocación de obra de arte. Ni pretende representar la realidad, ni recrearla, aunque la realidad esté ante nuestros ojos de manera dolorosa en "Tiempos modernos". No quiero acabar esta crítica sin referirme a la belleza arrebatadora de Paulette Goddard y preguntarme por qué ya no hay mujeres así...¿es por la fotografía? ¿por el blanco y negro?

Recomendada en fin para aquellos que quieran salir plenos del cine. Para los cinéfilos. Para los que sienten mariposas en el estómago cuando las luces de la sala, por fin, se apagan.

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